De por qué las motos deberían tener ceniceros – Carol Dohmen

Muerte lenta, muerte rápida. Treinta años de cajetillas encima o cien kilómetros por hora sin casco. Formas de vivirse, al fin y al cabo, la epidemia. El tedio, los destinos obligatorios, el humo, la velocidad insoportable; accidentes que un día van a matarnos (al fin y al cabo).

Esta historia siempre empieza con la muerte y contigo a mediados de década en el súper eligiendo grasas trans. El hombre que espera a tu lado los chorizos vino en moto a pesar del pronóstico de lluvia y pedirá un Kentucky 20 en la caja antes de irse. Ahora mismo tose. Inicio inadvertido de enfisema. Rodará en breve sobre su Taiga por la pista resbaladiza hacia la luz roja que ya selló su destino.

Tal vez barrios más tarde, más allá de Laurelty, la Cámara Nacional de Tabacaleras se reúna con el dueño de Taiga S. A. y le proponga, hasta que la muerte los separe, un casamiento industrial: con ceniceros ensamblados a sus motos, disminuirían las defunciones debidas al tabaquismo. Un buen maridaje, la alianza estratégica de las hecatombes. Todo sea por la salud pública (y por sacarse un peso estadístico de encima).

– Un atractivo más para los clientes que hacen parte de nuestro segmento en común – señala seductor el representante de la Cámara– las proyecciones de mercado indican que aumentarán también las ventas de nuestros productos.

Lo que no señala, naturalmente, es que quiere cargar con sus muertes a su vecino de rubro, pero bueno, con tantas en su legajo qué diferencia le hace.

Muertes que llevarían años por algún oncológico o crónico motivo, apuradas milagrosamente por el golpe de gracia de Cronos a contramano en un cruce indebido. Y ya sabemos lo que dirán del señor del Kentucky las estadísticas, ni siquiera necesitarán torturar número alguno ni mentir. Una muerte más por la imprudencia vial.

Taiga S.A. aceptará ingenua la propuesta, y el representante de la cámara tabacalera sonreirá con amarillos dientes.
Y se me ocurre a mí, ya que estamos -no sé qué dirás- tunear esta propuesta. Incluir, qué sé yo, un posacopas, un botiquín lleno de antiinflamatorios, un merendero para manzanas Monsanto y un revistero portamentiras. Un contrato injusto de jornada laboral, una escuela primaria subvencionada por el pasado y una oficina pública con prebendido de brindis.

Mucho azúcar, mucha sal, mucho dióxido de carbono, mucho agrotóxico, mucha gordura trans, mucha hamburguesa de McDonald’s, mucha soledad y conservantes, mucho escritorio y sofá. Un rosario que cuelgue del retrovisor derecho, ¿te imaginás?

¡Ah! Y un televisor en la parte delantera con algún Rubín de turno dando a tu cuerpo alegría, Macarena

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