Las manos – Gustavo Reinoso

Redondeadas, surcadas por líneas quirománticas, que publican su ilegible destino, mis manos son probadamente torpes, culpables del deceso de una legión de vasos y platos. Han arruinado infinidad de jarrones y cosas por el estilo. Hasta donde puedo remontar la memoria, con mis propias manos he labrado una bien ganada reputación de torpe.

Las palmas de mis manos, me han dicho, están siempre tibias anunciando mi temperamento apático. Mirándolas de cerca una por una; la izquierda posee, al reverso de la palma, una borrosa cicatriz circular que la otra no tiene. En la palma misma son profundos los surcos que parecen dibujar una letra “M” mayúscula, sobrepuesta a una “Y” griega. Los dedos llevados por su inutilidad manifiesta, son más rechonchos que los de la diestra. Como soy absolutamente diestro, la siniestra es más velluda, primitiva y animal. Con la mano derecha, en cambio, ejercito las tareas que al punto distinguen al Homo sapiens; me hurgo la nariz, me rasco las nalgas, empuño el control remoto de la tele y escribo esto.

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