La fea – por Iván Silvero

Era fea, muy fea.

Y en el vagón lleno, las camperas grandes, los bolsos al hombro, era la única cosa que quedaba por mirar.

Mala suerte, día pálido, final triste, vuelta con desgracia. La jornada laboral una pena, el frío hiriente, la lluvia burlona y en el tren apretado: una fea muy desagradable.

Yo quería llorar.

¿Cómo hará? Porque es fea con ganas. No fea insípida a quién nadie miraría, sino lo contrario, es de las que se miran por fea, por extravagantemente fea.

No lo podía creer.

Y viste de rosa, campera rosa. El pantalón también es de color: morado Barney, el dinosaurio. 

Se ve que prefiere compensar por otro lado. Los cachetes regordetes y poceados son lo primero que se le ve. Nadie diría de ella: “es una chica atractiva de rasgos marcados” porque, simplemente, nadie diría “es atractiva” pero sí que tiene los “rasgos marcados”. Aunque también me queda la duda si alguien diría que es una chica. No sé, tetas parece que tiene, aunque eso no es garantía.

Es grandota, de pelo largo. No imagino de qué trabajará, en este tren va mucha gente que baja en las últimas estaciones, justo esas que hasta hace poco no formaban parte del conurbano, los de esos lugares combinan buenos estudios con vidas precarias.

Aunque, a decir verdad, no se la ve muy cansada, no tiene cara de venir del trabajo pero el horario coincide ¿Tendrá novio? Hay que ser muy valiente para eso, pero, quién sabe, hay cada estómago.

Típico que en su casa es “la linda”. Amor de padre, compasión de madre.

Así termina siempre la cosa, si es feita nomás pierde siempre, pero si es fea con mayúsculas ya la historia adquiere otro matiz. No falta el que dice: fea pero con actitud, fea pero dulce, fea pero inteligente. Y peor: tiene un no sé qué. Con esto último te fulminan, el blanco es negro y el negro verde trasnochado.

Ésta en particular tiene pinta de fea con ingenuidad; esa, digamos, es su “gracia”. En el barrio seguro que la atienden por “buena”.

Y claro, ahora me estoy dando cuenta de otro asunto, no tiene aire de “por qué me discriminan”, tiene cierto gesto de en confianza. Como quien no caza la cosa, aire de boluda. El estilo ese ingenuo le da seguridad, no se debe dar cuenta del susto al verla y, sin duda, absorbe de brazos abiertos los pocos buenos gestos. Total, los buenos samaritanos nunca faltan.

Para mí que su habitación debe ser un mar de cocoliches “Hello Kitty”, caritas, moñitos, todo muy naif. Le va la onda por su manera de estar arreglada.

Por las manos gruesas debe ser alguien dedicada, trabajadora -poco fina- seguro que ayuda al llegar a su casa pero no la veo haciéndose cargo de todo. Cierta atención y pulcritud hace sospechar que se da tiempo para sí misma. Y le debe costar mucho tiempo y esfuerzo. Claro, no puede conformarse con lo de Salamanca, si natura non da, algo hay que hacer.

Los labios rojos: ahí sí que perdió, pobrecita. El esfuerzo de la ropa, los anillos, los aritos y cierto aire de “me arreglo” se fue al cuerno en los labios, ese rojo, no way. Peor que disfrazada.

Ah, no, pero mejor cierro los ojos y hago que me duermo, no sea que de tanto mirarla, a menos de un metro, piense que soy alguno de esos maleducados que tanto abundan acá en el tren.


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