La lluvia llegó – por Iván Silvero

Cuando descendimos los más viejos al alcantarillado el sol nos agrietaba, el brillo espejado de las paredes lastimaba las pupilas y el calor caía pajizo, seco, espigando el cuerpo, la cabeza como narciso. Con el mínimo de sombra bajo los pies y los ojos arenosos, escapamos al sumidero donde alojamos primero a nuestros hijos y luego los pies llagados.

Costó adaptarse, liberamos de tierra y ramas las cañerías, nos deshicimos de la basura, quemamos todo lo posible soportando olores nauseabundos y nos adaptamos al resto. Luchar contra las ratas fue un problema importante, a veces competencia por la comida, otras una amenaza para los bebés. Ya más tarde, en  duelo de dentelladas, pasaron a ser el asado del domingo o cuando no una mascota.

Algunos de los nuestros mantuvieron vínculo con el mundo donde el aire parece fuego, cada tanto ruedas grandes paraban delante y descendían en clima fresco un par de botas de cuero fino y goma gruesa. Se acercaban con palabras pulidas en voces estridentes, y en las navidades nos pedían un espectáculo de mbocapús en las cañerías con petardos que ellos mismos nos daban. Linternas y pilas venían a cambio, también latas de legumbres y otros vegetales que crecían al sol.

Pero el trato más común era de desconfianza, frialdad o de directa agresión. No resultaba extraña la fuga por el caño maestro cuando los zapatos grandes -o los más chicos de sus críos- se acercaban corriendo para tirarnos los mbocapús, haciendo saltar la tapa de las alcantarillas, risa entre chillido de ruedas, nuestros hijos llorando del susto o de dolor.

En las pocas noches que quedaban allá afuera aprovechábamos para devolverles la mano soltando el ganado de cucarachas, las ratas más agresivas y el silencio venenoso de las arañas: alaridos y corridas, el grito de sirenas que salían en auxilio, nuestra victoria pírrica.

En las pocas noches, porque el resto del tiempo el sol era vertical e hiriente, y las figuras que dibujaba en el andar eran extraños seres ocasionales -hijos bastardos- riéndose de nuestra piel cuarteada en llagas ante la falta de resguardo. Una cosa estaba atada a la otra, nosotros no podíamos acceder a la protección comprada contra el sol y el calor, algo en nuestra piel ya no era igual a los de arriba, empezó como un problema de todos, de cualquiera, a raíz de un sol más intenso y dañino, pero la diferencia fundamental la marcó la evolución del bolsillo: la falta de acceso a la tecnología protectora nos dejó expuestos a las mutaciones en la piel. Ya no somos los mismos seres humanos.

En las alcantarillas (único descanso posible) era benévolamente sombrío y húmedo.

Nuestra sobrevivencia, sin embargo, estaba ligada a la vida de afuera. Dejábamos tachitos y súplicas anotadas del lado de ellos y nos sentábamos a ver pasar tacones altos, calzados deportivos, mocasines bien lustrados y gotas gordas de sudor estallando hirvientes sobre el pavimento. Apurábamos quejidos para llamar su atención, tosiendo el gas de los motores que caía pesado y conseguíamos cuanto utensilio nos pudiera servir. A ras del suelo los edificios eran monumentales y desproporcionados, el polvo de las calles un sabor frecuente en la boca y aquellos ruidos más comunes, esos que ellos ya no escuchaban, un claqueteo zoológico enjaulado en nuestros oídos aún por debajo del asfalto y las veredas.

Sobrevivimos tres generaciones hasta que la noche empezó a crecer y con ella el vapor de agua. Primero fue el rocío en la oscuridad, luego unas pocas nubes antes del amanecer. Con los años se fueron sumando gotas oscuras que caían del cielo.

Con la venida de la seca habíamos bajado, pero ahora llueve.

Definitivamente, esto es lluvia.

El agua aquí abajo.

Vamos a subir.

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