El destino no te abandona – por Iván Silvero

Teníamos 9 y 11 años.

Descalzos, estábamos ahí únicamente para cumplir un mandato familiar. Mandato tácito y cíclico, uno que dice que en cada generación o cada tantos años hay que abandonar a alguno a la vera de la ruta. Ya un hermano mío había sufrido una vuelta a pata desde el arroyo. Y encima en la otra punta lo puteaban porque no bajaba a abrir el portón. Claro, si nunca había subido.

El abandono, a dúo esta vez, tuvo forma de rosca de chipa. Mi primo y yo dormíamos en la parte de atrás de la camioneta, volvíamos de Ciudad del Este (cuando eso “Alfredo del Este”) un domingo de pascuas. Adelante iban mis primitas, mi vieja, mis abuelos, mi tío y su señora. Folclore mediante paramos en la fábrica de chipas. Cruzó mi tío, compró y nos despertó luego para preguntarnos si queríamos más.

Que sí, le dijimos.

En la ruta el tránsito era intenso, yo aproveché para bajar apenas cubierto por una campera y atuendo de verano por abajo. Mi primo de 9 me siguió y nos dispusimos a marcar territorio en la banquina con un gran pis. Parados, medio dormidos, las manos ocupadas indicando el mojón de nuestro acontecer, regábamos el campo paraguayo con calor generoso. Sí, parados, medio dormidos, el sino marcó un mojón poco generoso y vimos cómo mi tío -bromista pesado si los hay- volvía de su compra en la otra vera de la ruta y se dirigía a la camioneta.

Yo esperaba que nos volviera a dejar más chipa atrás. Mi primo esperaba que su papá no se fuera.Mi tío subió al auto con las chipas, arrancó y se fue. Tan de a poco.

Yo no reaccioné, di por sentado que todo era una nueva broma pesada. Mi primo, más conocedor de su sangre, arrancó un grito de ¡Papá!  sin soltar la mano,  el  mojón, el instrumento de marcar territorio, y corrió de costado primero, de frente después, un brazo en alto y el otro sosteniendo abajo en el final, para  ver que su papá se iba. Se iba nomás.

Y nosotros varados en patas y pasmados al costado del camino. Pequeño problema teníamos. Cerca de las cinco de la tarde la chipería estaba por cerrar y no era pueblo ahí, el teléfono más cercano estaba a dos kilómetros y teníamos que pensar rápido una solución.

Bueno, “pensar” no excluía “rezar” y mi primo, sensible, comprendió en pocos segundos que sus pecados no andaban redimidos y se dio a la reflexión intimista. Mientras yo calculaba a qué hora pasaba el colectivo de RYSA en el que venían mis hermanos sentía cerca de mí el murmullo de un yo pecador, que luego fue un padrenuestro que aclaró su mente, su espíritu y lo inspiró en palabras reconfortantes: “cuando mi papá se de cuenta que no estamos se va a calentar mucho. Me va a cagar a puteadas”.

Y pasamos entonces a especular con qué pasaba:

– Si se daban cuenta que no estábamos a la altura de Caacupé.

– Si se daban cuenta que no estábamos a la altura de Ypacaraí.

– Si se daban cuenta que no fuimos parte de todo el viaje a la altura de Asunción.

– Si no se daban cuenta nunca y nos quedábamos a vivir en la chipería.

Pero bueno, esta historia tiene su contraparte necesaria. Más o menos a media hora de viaje del puesto de chipás mi tío volvió a bajar pero a comprar cachos de banana esta vez. Volvió a cruzar la ruta ida y vuelta, volvió a tirar el cacho de fruta atrás y volvió a querer preguntarnos qué sé yo qué cuando se encontró con nuestra desaparición. Cual historia de fantasmas que no se ven mi tío quedó blanco, petrificado, con el terror en los ojos. Fue a la cabina y pasó a informarle a mi señora madre de lo ocurrido:

–  Los chicos no están.

–  ¡Quééé…! ¡Volaron!

Mi madre, experta en frases célebres no pudo menos que dejar una más para la historia y, bajo el supuesto de liviandad, nos daba destino de hojitas de otoño llevadas por el viento. Por suerte mi abuelo, su señor padre, tenía las ideas más claras en esos casos.

–  ¡Pero dejá de decir estupideces! Esos dos boludos se habrán bajado a hacer pis la última vez que paramos y nos fuimos sin darnos cuenta.

Dicho y hecho, el viejo las sabía por viejo y tal vez también por diablo. Así fue que a la hora nos volvimos a ver todos, en un reencuentro dividido en el que mi vieja lloraba de emoción al verme y mi primo ligaba unos tuques en la cabeza “por boludo”. El amor de familia es así, dividido, incomprensible, de distancias y reencuentros.

Una vez más la chipa volvió a cerrarse sobre sí misma y el sino empezó un nuevo ciclo, hasta que le toque al siguiente un abandono, una puteada y un reencuentro quien sabe cuántos años después a la vera de alguna ruta.

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