La Ciudad Blanca – por Iván Silvero

Esta afiebrada misión científica llega a su fin: el almirante Wajda ha enloquecido en el peor momento, delira en su camarote desde hace días, los cocineros Rubberman y el ancho Estrada, sudorosos, empuñan sin sentido sus cuchillos, los biólogos y naturalistas sonríen el sueño de la razón sin comprender el peligro, y yo, contramaestre Przekorski, veo a medusa con sus fauces abiertas brillar la peor de las sonrisas ahí afuera.

El peligro acecha en ventosas, se abre y se cierra bailando círculos cada vez más concéntricos. En las profundidades son materia oscura multiforme, incompleta, mitad imagen, mitad sonido de chorros que se acercan o se alejan a velocidades sorprendentes. El verano austral es una hipótesis de superficie y aunque Larsen B se convirtió en una pesadilla de icebergs, Larsen A está ante nuestros ojos a más de 500 metros bajo el mar como un queso gruyer colosal.

En las ciénagas más profundas de Mindanao y las Bahamas no había sido posible encontrarlos. En los abismos escarpados del Atlántico, en las laderas de sus montañas más recónditas, creímos poder encontrar alguno. No fue posible.

La inmensa soledad abisal del Pacífico parecía el escondite perfecto y sólo supimos encontrar mitos, no realidades. Acechadores del Medioevo, lograron permanecer a oscuras todo este tiempo, quedando tan sólo, cada tantos años, alguno muerto en la playa, de tamaño medio, llenando de asombro e intriga al mundo científico, alimentando el estupor y los más terribles temores de su existencia a los marinos de todos los puertos.

Y ahora el derretimiento de Larsen, su ruptura, los está dejando al descubierto recorriendo este sistema blanco de túneles incontables, de tamaños insospechados.

Es tarde, llegamos con el último resto de fuerza y carentes de lucidez. Hace tiempo que esto se convirtió en una horrible obsesión por lo desconocido. Desde Varsovia y Heidelberg ordenaron dar marcha atrás, un desacierto de ambiciones desafió la orden, un inversor buscando su éxito, el prestigio científico mancillado, un almirante queriendo enfrentar el mito, provisiones en el fin del mundo, el último faro, y días y noches de tormenta en el mar del sur. Bajo el agua parecía la opción más segura.

Ahora, frente a nuestros ojos, miríadas de ellos a nuestro alrededor conforman un laberinto tentacular, sus cabezas grandes, los ojos sin párpados, derrames de tinta para la palabra muerte aquí y allá.

No hay duda: hemos encontrado Craquenza, la ciudad blanca del Craquen, el calamar gigante.

Algo mueve la nave de costado.

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