Vení aquí, mi amor, no llóresna – por Santiago Montiel

Bastaba con que me llamase para que yo esté ahí. Firme. Encerrado en una especie de habitáculo, copado por un vaho ligeramente avejentado e hipnótico.

Teniendo en cuenta las versiones de mis hermanos, ella y yo, lo hacíamos frecuentemente. A decir verdad, tengo el recuerdo de una sola vez. Fue una tarde de invierno. De nubes grises, frío y humedad. Mis hermanos y yo nos habíamos juntado a ver televisión en la casa de unas primas. Eran como cinco hermanas que, en la escala de partos, venían bien seguidas, una detrás de otra. La mayor, mi cómplice, tendría unos dieciséis años en ese tiempo, frente a mis cortos cuatro. Ella tenía la sonrisa amplia y plena de hormonas.

Siendo yo el menor, el juego consistía en que alguien debía asustarme. La casa donde vivían era gigantesca. Llena de sonidos y sombras. Tenían una empinada escalera de madera, la cual con cada paso emitía unos chirridos de rata poco agradables. La disposición de las ventanas llenaba de un aire frío las habitaciones. Había enormes baúles forrados en cuero en cada esquina de la casa. Mientras mirábamos tele, todos  se escurrían y desaparecían dejándome solo en la sala, con los ojos clavados en algún dibujo animado.

Mis hermanos se metían dentro de los baúles y golpeaban la madera. No pasaba mucho tiempo para que yo empezara a llorar. El corazón me latía fuerte y mis piernas giraban sobre su eje buscando a alguien, mordiéndome la remera que se me llenaba de mocos.

Era en este momento cuando ella aparecía, me miraba con expresión maternal y me decía: Vení aquí, mi amor, no llóresna. Yo corría a ella desesperado. Me acariciaba el pelo y, automáticamente después, levantaba su larga pollera para que yo me refugiara dentro. El telón de su vestido bajaba. Desde ahí escuchaba las risas de mis hermanos y primas; poco me importaban. Yo estaba lejos. Resguardado entre unos pálidos muslos, bajo una oscura tela y ese extraño vaho que, años después, recordaría en situación similar.

Alguna vez fue motivo de risas en la sobremesa. Hoy, ella casada; yo de caza y del tema no se habla.


2 respuestas a “Vení aquí, mi amor, no llóresna – por Santiago Montiel

  1. La memoria se forja por el olfato. A veces, como en este caso, todo lo demás también. Ya te lo había dicho, creo: me encanta este cuento, Santi y, bueno, en cierto modo también lo viví y, a partir de tu texto, lo recordé y escribí, como debe ser.

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