Presentación – por Santiago Montiel

Salí de mi madre a los nueve meses. Fue en Caraguatay, pueblo de mucho verde y, sobre todo, aburrimiento. Nos mudamos de ahí cuando yo llevaba un año y medio. Fuimos a San Lorenzo, dónde no había agua; era una especie de ciudad desierto, debíamos comprarla de un aguatero (que por cierto quería levantarse a mi madre). El idilio solitario del hombre del agua, de alguna forma, nos brindó cierta constancia en la provisión.

Hoy calzo 26 años en la vida y en las patas unos 43. Vivo en Asunción y desearía volver a Caraguatay.

Trabajé un buen tiempo (tanto como para desarrollar fobias) en una ferretería. Fue, dentro de todo, una experiencia interesante. Cientos de cientos de clavos y tornillos que sujetan y se herrumbran en nuestra capital pasaron cerca de mí, ya que, posiblemente, me tocó contar o pesarlos*. Un artista visual debería pasar una temporada en este tipo de negocio. Se maravillaría de todo lo que podría hacer con poca inversión. Un músico con buen oído, también.

Cuando niño viví en un barrio bastante divertido y terrible a la vez. La calle de mi casa nunca tuvo empedrado, era toda de arena y tenía cantidades inmensas de piedras y troncos enterrados a medias. Era, además, nuestra cancha de fútbol y centro de juegos para el trompo y las balitas. Yo sólo podía jugar balitas, para lo otro era un lerdo de primera. Frente a mi casa vivía un hombre que pegaba a su mujer, sistemáticamente, todas las noches, luego de un par de petacas de Gotas de Oro. Se escuchaban siempre los gritos de la mujer, y lo único que hacía la cuadra entera, era alzar el volumen de su televisor.

Durante 7 años fui el único en mi barrio que iba a una escuela que se encontraba como a veinte cuadras de su casa. Lo demás chicos iban a una que estaba a tan solo 3 cuadras. El porqué, hasta ahora se lo pregunto a mi madre. Eso creó cierta distancia entre mis vecino y yo. De a poco fui apegándome a mis compañeros de escuela, y cada vez que pedía permiso a mi madre para ir a la casa de uno, implicaba caminar unas treinta cuadras.

También recibí una fervorosa pero inútil educación cristiana. Asistí a todos los niveles del catecismo hasta llegar a confirmarme. Recibí este sacramento sin haberme confesado. Lo confieso.

Salí de la adolescencia queriendo ser músico. Luego de unos años me di cuenta de que ni aplaudiendo afinaba y lo dejé. Llegué al taller de Abrapalabra a través del semanario El Yacaré, participo en él desde hace cuatro años. Al llegar al taller me sentí como un cavernícola que entraba a una cueva y encontraba a otros, semejantes a él, manchando las paredes con tinta de colores. Me emocionó el tanto hecho, que no dejé de asistir a las sesiones de manchas.

Por motivos de fuerza mayor, este año, cambié el taller in situ por el online. Echaré de menos el sofá, el café y a mis compañeros del in situ. Pero este nuevo formato entusiasma, ya que manchar nuevas cuevas tiene su gracia, aunque sean virtuales.

*Los clavos, normalmente, se venden por kilo; los tornillos por unidades o gruesas. Una gruesa corresponde a 144 unidades.”
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One response to “Presentación – por Santiago Montiel

  1. Vuelvo a leer este texto Santiago y me vuelve a gustar.
    Además, por el itinerario seguido me hace sospechar que en tu historia estás resumiendo la historia de tantos más.
    Para mí cada etapa relatada viene colorida y son muy claras las imágenes a las que remiten.
    Saludos

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