Circo Interminable – por Santiago Montiel

Me arrimo a una ventana. Veo a un enano saltando en una cama elástica. Lleva pollera, la alza de cuando en cuando, dejando ver un horrible bombachón.

Estoy en una especie de cabaña de madera. No es un lugar ameno, más bien desagradable. Alrededor del enano hay gente aplaudiendo las piruetas. Los miro, todos tienen esa sonrisa que de tan idiota se vuelve diabólica. Me acomodo en la cama de rodillas. Me alejo de la ventana y el bombachón.

Camino unos pasos y encuentro una televisión de 14 pulgadas. La pantalla está divida en dos. La primera imagen es la de un hombre y una mujer fornicando; en la segunda hay un hombre moreno llorando con una señora de unos sesenta y pico que lo consuela. Imagino que es su madre. No sé por qué, pero tengo la certeza de que es un reality show. Y que la hermosa mujer en pleno apareo es la novia o ex del muchacho llorón. Me alejo escuchando los gemidos de llanto y placer.

En la intemperie llovizna. Las nubes forman una crema grisácea. Bajo un techo de chapas veo una vaca acostada. Por detrás aparece mi abuela. Lleva en brazos un bebé. Desde el otro lado, bajo una parralera de uvas moradas, se acerca rápidamente mi madre. Está mucho más joven. Madre e hija sonríen y se abrazan. Cruzan unas palabras que no llego a oír. Sus mejillas se rozan. Se dan un beso y ríen con fervor adolescente. La criatura, envuelta en lienzo crudo, pasa a las manos de mi madre. Quiero hablarles, pero no puedo pronunciar nada. Sufro de una especie parálisis.

Ambas caminan de la mano y desaparecen con el niño.

Más lejos, pasando sobre noches: Camino en una playa invadida de sapos y murciélagos que se devoran unos a otros. Salto por encima de ellos, sin nunca superar la maraña hambrienta. Al fondo veo una niña jugando con una maqueta de barro. Hace y deshace con sus manos las figuras del pequeño escenario. Alguien ametralla una ráfaga de plomo en algún lugar. Destellos de bombas y largas siluetas de humo aparecen en el horizonte. Paso un sapo en mi paso de sapo y casi caigo sobre ellos.

Siento sed y hambre. Cruzo un pasillo que de tan blanco no deja verse. Al otro lado: gitanos con rostros asesinos piden monedas y manos para leer. Sigo caminando. Cruzo largos terrenos, desolados y verdes. Oscuridades llenas de luces y colores. Gente que nunca vi ni veré. El grito de un niño. Una bicicleta rota. Zapatillas de goma negra mordisqueadas en las puntas. Perros sarnosos y cabizbajos deambulan detrás de mí. Cruzo la carpa de una feria vacía y derruida, como una casa abandonada.

Mis piernas no se cansan de atravesar campos. Siguen caminando en un circo interminable.

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